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OPINIÓN
La paradoja de los flujos: cuando la misma mano arma a su propio enemigo
Editorial de N3R1-70
Serie «La paradoja de los flujos» · 7 de 7
Este artículo intenta responder con una idea sencilla: usar grupos armados no estatales como instrumento de poder no es la excepción de algún régimen «canalla». Es una práctica ordinaria, empleada por gobiernos que se presentan como opuestos entre sí — y que se acusan mutuamente de ello, mientras hacen exactamente lo mismo.
Llamar «terrorismo» a lo que hace un adversario y «seguridad nacional» a lo que hace un aliado es cómodo, pero oculta la realidad: casi todas las potencias, cuando les conviene, respaldan a una fuerza armada que no controlan directamente, para lograr un resultado que no podrían obtener con sus propias tropas. El problema no es que esto ocurra. El problema es cuando se niega, o se justifica solo para los propios aliados.
Una herramienta para no meter todo en el mismo saco
Decir «todos hacen lo mismo» sería cómodo, pero es pereza disfrazada de honestidad. Para juzgar bien hace falta una pregunta más: ¿qué tipo de violencia produce este apoyo? Hay una diferencia entre un gobierno que usa a un grupo armado como jugada táctica en el extranjero, mientras sigue sometido en casa a una prensa libre y tribunales independientes — y un gobierno para el cual la violencia, dentro y fuera de sus fronteras, es el modo mismo en que se sostiene. En el primer caso hablamos de un cálculo, por cínico que sea. En el segundo, de un sistema que no podría sostenerse sin esa violencia.
Este sitio ha verificado, fuente por fuente, seis episodios que ayudan a ver el mecanismo desde varios ángulos. Israel dejó pasar durante años dinero de Catar hacia Hamás, una financiación tolerada por cálculo táctico. Estados Unidos aparece dos veces: armas del programa Timber Sycamore acabaron en manos equivocadas en Siria, y la tortura de Estado en los black sites de la CIA en Europa, hoy condenada por sentencias reales del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Rusia envía a sus propios mercenarios del Africa Corps a Malí, junto al ejército local, con civiles muertos en el proceso. Turquía, junto con China, respalda ahora militarmente a ambos bandos del mismo conflicto libio, en violación del embargo de la ONU. Y Irán hizo llegar a Hezbolá casi mil millones de dólares solo en 2025, según el Tesoro de EE. UU., a la cabeza de una red que incluye también a Hamás y a los hutíes.
Son gobiernos distintos — Israel, Estados Unidos, Rusia, Turquía, China, Irán — que emplearían cada uno un lenguaje opuesto para describir su propia política exterior. El mecanismo, sin embargo, se repite idéntico: un actor estatal que financia, arma o deja hacer a una fuerza que no depende directamente de él, y de la que se desliga cuando las cosas salen mal.
De estos seis casos, Irán es el más cercano al segundo tipo de violencia descrito arriba — no una jugada táctica ocasional, sino parte declarada de su propia identidad política a través de lo que Teherán llama el «Eje de la Resistencia»: una red que mantiene unidos a chiíes, suníes e incluso zaidíes (grupos religiosos a menudo enfrentados entre sí) no por fe compartida sino por conveniencia compartida frente a un enemigo común. Es una diferencia de grado importante respecto a los otros cinco casos, y no debe aplanarse.
Quien arma a un grupo, a menudo lo pierde
Quien financia a una fuerza armada rara vez logra controlarla del todo, ni a largo plazo. Todo patrocinador de este tipo sufre tarde o temprano el contragolpe de lo que creó: un grupo entrenado contra un enemigo se vuelve contra quien lo armó, o contra un aliado de quien lo armó. Pero sería igual de erróneo pensar que estos grupos son simples «marionetas». Tienen su propia estrategia, su propia ideología, su propio cálculo — y saben usar en su propio beneficio el dinero y las armas que reciben, tal como quienes los financian los usan a ellos.
Los límites de esta comparación
Una comparación honesta debe decir también dónde se detiene. De lo contrario, se convierte en lo contrario de lo que pretende ser: en lugar de mirar los hechos, se limita a juzgar a «Occidente» o a «sus enemigos» sin importar lo que realmente hicieron. Tres cosas deben decirse con claridad.
Primero: en el plano práctico —dinero, armas, entrenamiento dados a un grupo armado— el cálculo es idéntico en todas partes. Pero el derecho internacional sigue siendo el único rasero común que tenemos para juzgar a todos por igual, aunque naciera en 1945 entre los vencedores de aquella época. Usarlo de todos modos es una elección, y la declaramos abiertamente.
Segundo: un gobierno que comete crímenes graves fuera de sus fronteras, pero que en casa permite que exista una prensa capaz de investigarlo y tribunales capaces de condenarlo, no es igual a un gobierno que elimina de entrada cualquier control de ese tipo. No es una absolución para el primero. Es una diferencia real, no solo retórica.
Tercero: efectos similares —Estados fallidos, guerras civiles, muertes civiles— no siempre nacen de las mismas causas. Un colapso puede nacer de una intervención que retira un poder sin calcular qué vendrá después. Otro puede nacer de una estrategia deliberada y prolongada en el tiempo. Reconocer que los efectos se parecen no significa que las responsabilidades sean intercambiables.
La línea de este sitio
No nos alineamos con un bloque de países para acusar a otro. El cálculo cínico de un gobierno sigue siendo cínico incluso cuando quien lo denuncia es la propaganda de un rival — y la propaganda de ese rival sigue siendo propaganda incluso cuando, por una vez, dice la verdad sobre un crimen ajeno. Nuestra tarea no es encontrar un equilibrio a toda costa entre las partes. Es mirar los hechos con firmeza, sin dejar que ningún gobierno se lave las manos usando los crímenes de otro como coartada.
Fuentes internas: las seis noticias citadas, publicadas en este sitio con verificación fuente por fuente. Fuente del razonamiento: documento de trabajo interno «La paradoja de los flujos», 16 de julio de 2026 (no publicado).