ANÁLISIS

¿Son «musulmanas» las guerras del mundo? Qué dicen los datos y cuáles son las causas

14 de octubre de 2026 — Mundo

En síntesis

La pregunta

Quien sigue las noticias de las guerras suele tener la misma impresión: Siria, Yemen, Afganistán, el Sahel, Somalia, Gaza, Libia. Parece que casi dondequiera que se combate hay musulmanes de por medio. La respuesta más extendida en Occidente es sencilla: el problema es el islam. La contraria es igual de sencilla: todo es culpa del colonialismo y de quienes roban los recursos. Pongamos ambas a prueba con los números.

Qué dicen los datos

El Uppsala Conflict Data Program, el centro de investigación universitario sueco que registra los conflictos armados desde 1989, contó en 2025 65 conflictos en los que un Estado combate contra otro Estado o contra un grupo armado. Es la cifra más alta desde que existen sus datos (Journal of Peace Research, 2026). Hemos clasificado la lista completa según quién combate y qué reivindica:

GrupoConflictosEjemplos
El Estado contra grupos yihadistas23Estado Islámico en Irak, Siria, Afganistán, Nigeria, Mozambique, Congo; JNIM en Malí, Burkina Faso, Níger, Benín, Togo; al Shabab en Somalia y Kenia; talibanes paquistaníes
Movimientos o gobiernos islamistas en guerras de territorio o de poder8Israel contra Hamás, Hezbolá y los hutíes; Irán contra Israel; los talibanes afganos contra opositores y Pakistán
Partes musulmanas sin reivindicaciones religiosas13Turquía contra el PKK kurdo; Pakistán contra los separatistas baluches; India contra Pakistán en Cachemira; Sudán; Siria contra las fuerzas kurdas
Ninguna parte musulmana21Rusia contra Ucrania; cinco conflictos en Myanmar; Congo contra el M23; Etiopía; Sudán del Sur; Colombia; Haití

La clasificación es nuestra y algunos casos son discutibles: en Cachemira, por ejemplo, los grupos armados mezclan reivindicaciones nacionalistas y yihadistas. Pero el cuadro no cambia. La impresión de partida tiene una base real: en poco menos de la mitad de los conflictos hay una parte islamista. Pero una de cada tres guerras no implica a ningún musulmán.

La tendencia es reciente. Según los propios investigadores de Uppsala, en 1975 ningún conflicto interno de un Estado se libraba por reivindicaciones islamistas; en 2015 lo hacían 28 de 50, y el 73 % de las guerras civiles más sangrientas (SIPRI Yearbook 2017). Un estudio posterior halló que estas guerras tienen un 29 % menos de probabilidades de terminar y un 73 % más de reavivarse. La explicación de los autores no es la religión de los combatientes: es el programa islamista, que trae consigo redes transnacionales, combatientes extranjeros y financiadores lejanos. La identidad musulmana por sí sola, escriben, no explica el efecto (Nilsson y Svensson, International Studies Quarterly, 2021).

Dos datos completan el cuadro. Los musulmanes son el 25,6 % de la población mundial, unos dos mil millones de personas, y cerca del 60 % vive en Asia y el Pacífico (Pew Research Center, 2025). Las excepciones en guerra son Pakistán y Afganistán; pero Indonesia, el país con más musulmanes del mundo, Bangladés, Malasia y los cerca de 200 millones de musulmanes de la India no lo están. Si la fe bastara para producir guerras, las guerras estarían sobre todo allí. Y en 2025 la guerra más sangrienta del mundo, con cerca del 62 % de los muertos en combate, fue la de Rusia y Ucrania, dos países de tradición cristiana.

Por qué allí

Si no es la fe, ¿qué es? Las investigaciones apuntan a cuatro niveles que se suman.

El terreno. Estados débiles, fronteras trazadas por las potencias coloniales, economías construidas para extraer y no para producir. Luego el petróleo, la única materia prima que los estudios vinculan de forma constante al estallido de guerras civiles. El efecto, sin embargo, es condicional: los países que tienen muchísimo, como Arabia Saudí, los Emiratos, Catar y Kuwait, compran la paz social con la renta. El riesgo aumenta donde el Estado depende del petróleo pero tiene poco, o donde las regiones productoras están excluidas del poder (European Political Science Review). Este terreno, sin embargo, existe también donde el islam no tiene nada que ver: el Congo, cuyos recursos han sido saqueados desde la época colonial hasta hoy, lleva treinta años en guerra sin que el islam intervenga, salvo una milicia en el este.

La chispa. En 2023 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo entrevistó a más de mil excombatientes de grupos extremistas en ocho países africanos. El primer motivo para unirse era encontrar trabajo (25 %); la religión venía en tercer lugar (17 %), y la mayoría conocía poco los textos sagrados. Casi la mitad señalaba un hecho concreto que los había empujado, y en el 71 % de los casos era un abuso sufrido, a menudo a manos de las fuerzas de seguridad del Estado: un familiar asesinado o detenido (PNUD, 2023).

La bandera. El islamismo armado tiene una historia reciente y precisa. Toma forma tras el fracaso del nacionalismo árabe laico, con la derrota de 1967. Estalla en 1979, el año de la revolución iraní y de la invasión soviética de Afganistán, contra la que Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán financiaron a la guerrilla islamista de la que nacieron las redes yihadistas internacionales. Se alimenta de los petrodólares con los que los países del Golfo difundieron la corriente salafista, la más rígida. Renace con la invasión de Irak en 2003, de la que salió el Estado Islámico, y se extiende al Sahel tras la caída de Libia en 2011, que derramó armas por toda la región. La bandera no es la causa primera, pero no es neutral: trae dinero, combatientes y redes, y alarga las guerras. En el Sahel el grupo JNIM se financia con rescates, ganado robado, peajes en las carreteras y oro gravado en las minas artesanales (African Security Network).

El multiplicador externo. También la geografía es un recurso. Yemen está sobre el estrecho de Bab el Mandeb, por el que pasa cerca del 12 % del comercio marítimo mundial; Somalia, sobre el golfo de Adén. Por eso sus crisis internas se han convertido en partidas entre potencias: Arabia Saudí, los Emiratos e Irán en Yemen, como contamos aquí; Etiopía, que busca una salida al mar, e Israel, que en diciembre de 2025 reconoció a la separatista Somalilandia, en torno a Somalia (Al Jazeera, 3/10/2026). Pero una posición estratégica no es una condena. Yibuti está sobre el mismo estrecho que Yemen y alquila su territorio a bases de Estados Unidos, China, Francia, Japón e Italia: «nuestra geografía es nuestro petróleo», dijo un funcionario del gobierno (Al Jazeera, 8/4/2026). Omán está sobre Ormuz y es uno de los países más estables de la región. La geografía no explica por qué se combate; explica por qué una guerra local se vuelve internacional, y por qué después no termina.

Quién muere

Si los musulmanes aparecen a menudo entre quienes combaten, aparecen aún más a menudo entre quienes mueren.

Comentario jurídico

El derecho internacional ya tiene una respuesta a la pregunta «¿la culpa es de una religión?», y la respuesta es no, en dos sentidos.

Por un lado, protege a los grupos religiosos como posibles víctimas. La Convención sobre el genocidio de 1948 enumera los grupos religiosos entre los que no se pueden destruir (art. II). El Pacto de la ONU sobre derechos civiles y políticos protege la libertad de religión (art. 18) y obliga a los Estados a prohibir por ley la incitación al odio religioso (art. 20).

Por otro, castiga a las personas, nunca a las creencias. El principio se escribió en Núremberg: los crímenes contra el derecho internacional los cometen hombres, no entidades abstractas. Hoy figura en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (art. 25). La Corte condenó a Al Hassan, exjefe de la policía islámica impuesta por los yihadistas en Tombuctú, a 10 años, y a Ali Kushayb, comandante de las milicias yanyauid en Darfur, a 20 años (AllAfrica, 10/12/2025); su fiscal ha pedido una orden de detención contra el jefe de la junta birmana. Se juzga a personas, no al islam ni al budismo. Toda acusación colectiva contra una religión invierte este principio.

Prueba de simetría

Nuestro juicio

Esta sección expresa la posición del sitio. Está separada de los hechos expuestos arriba.

La pregunta «¿verdugos o víctimas?» presupone que «los musulmanes» son un sujeto que actúa. No lo son: son dos mil millones de personas, de Indonesia a Senegal, que en su mayoría viven en paz. Entre quienes combaten, sin embargo, una parte real lo hace bajo una bandera islamista, y esa bandera hace las guerras más largas y más crueles. Entre quienes mueren, los musulmanes son la mayoría en muchos de los conflictos de hoy.

Las causas no están en el Corán, ni solo en el colonialismo. Están en Estados que no protegen a sus ciudadanos y que incluso los golpean, en economías que viven de una sola renta, en posiciones geográficas que atraen a potencias extranjeras, y en una ideología armada que ofrece a quien no tiene nada un trabajo, una venganza y un enemigo. Eliminar solo uno de estos elementos rara vez basta; ignorar uno, como hacen tanto quienes acusan al islam como quienes lo absuelven en bloque, lleva a equivocarse de soluciones.

Por eso la medida del derecho es la única que se sostiene: se miran los hechos, se nombra a los responsables, se protege a las víctimas, sea cual sea su fe y la de quienes las matan.

Qué seguir

Fuentes: Journal of Peace Research, 2026 · SIPRI Yearbook 2017 · Nilsson y Svensson, International Studies Quarterly, 2021 · Pew Research Center, 2025 · European Political Science Review · PNUD, 2023 · African Security Network · Al Jazeera, 3/10/2026 · Al Jazeera, 8/4/2026 · Global Terrorism Index 2026 · ACNUDH · AllAfrica, 10/12/2025

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