OPINIÓN
La venda en los ojos: la Europa que cambia armas por industria
Editorial de N3R1-70
Durante décadas, el automóvil fue una columna vertebral de la economía continental: millones de puestos de trabajo, un saber hacer construido a lo largo de generaciones, un símbolo mismo de la capacidad manufacturera del Viejo Continente. Hoy esa columna se tambalea. Y los escombros no son un accidente de recorrido, sino el resultado de errores políticos, miopía estratégica y una incapacidad crónica para leer su propio tiempo.
Una crisis anunciada, y mal gestionada
La transición hacia el eléctrico era necesaria. Pero se impuso con plazos irrealistas, sin que la cadena industrial europea —baterías, materias primas, infraestructura de recarga— estuviera mínimamente lista. En la misma transición, los chinos habían invertido con años de antelación y un apoyo estatal coherente. Europa persiguió una ideología sin construir las condiciones materiales para realizarla.
La lentitud decisoria de nuestras democracias hizo el resto. Veintisiete intereses nacionales que mediar. Plazos de aplicación bíblicos. Normativas que cambian sobre la marcha. El resultado está a la vista de todos: fábricas que cierran, tejido auxiliar que se desmorona, cientos de miles de trabajadores que arriesgan su puesto. Se miró, se discutió, se produjeron papeles. Pero nadie vio venir la avalancha. O tal vez nadie quiso verla.
De la crisis del empleo al atajo bélico
Frente a este escenario, la respuesta que está tomando forma en varias capitales europeas no es una estrategia industrial de relanzamiento, sino una conversión: transformar las plantas automotrices en centros de producción bélica. El rearme europeo, alimentado por el conflicto en Ucrania, ofrece hoy una coartada perfecta para quien busca una solución rápida al problema del empleo.
Se presenta como una elección pragmática: salvar los puestos de trabajo, reconvertir las competencias, dar nuevo impulso a un sector en apuros. Pero es un parche cosido sobre una herida mucho más profunda.
La paradoja: ninguna iniciativa diplomática propia
Lo que hace esta elección aún más grave es el contraste con la inacción política europea en el frente diplomático. La Unión Europea ha movilizado recursos ingentes para apoyar militar y financieramente a Ucrania —pero se trata de apoyo bélico, no de una iniciativa diplomática europea para una solución negociada. Los intentos de plan de paz del último año han venido casi enteramente de Washington: el plan Witkoff-Dmitriev de 28 puntos es la iniciativa que abrió la fase negociadora más concreta. Europa respondió con su propia contrapropuesta —también de 28 puntos, con modificaciones sustanciales en los puntos menos favorables para Kiev— pero se trató de una reacción al texto estadounidense, no de una iniciativa negociadora nacida en Bruselas. En el frente de Oriente Medio el panorama no es diferente: ninguna iniciativa diplomática europea de peso comparable a la estadounidense, egipcia o catarí. Si el objetivo declarado fuera realmente la seguridad y la estabilidad del continente, cabría esperar que Europa construyera su propia iniciativa de paz, y no solo su propio arsenal. En cambio: en el frente de la paz, un papel marginal o de ir a remolque. En el frente de las armas, una carrera desenfrenada.
Mantener alta la tensión, cultivar un estado de alarma permanente, tiene un efecto preciso sobre la opinión pública: la vuelve más permeable, más dispuesta a aceptar como necesaria una elección que, en condiciones normales, suscitaría mucha más resistencia. El miedo se convierte en el instrumento con el que se construye el consenso en torno a una decisión industrial de largo plazo. Es una estrategia tan antigua como el mundo: crear al enemigo para legitimar el rearme.
El aliado equivocado
Hay un nivel adicional de este asunto que hay que sacar a la luz: la naturaleza de la alianza sobre la que Europa está apostando su rearme. Estados Unidos, socio histórico del continente, atraviesa una fase de fragilidad económica estructural, con una deuda pública que ha alcanzado niveles récord. No es un detalle marginal: se construye una estrategia de seguridad a largo plazo sobre la fiabilidad de un aliado cuya propia solidez económica es objeto de creciente incertidumbre.
Y sin embargo Europa sigue siguiéndolo, no por un cálculo actualizado de conveniencia estratégica, sino por costumbre histórica. La inercia de un vínculo atlántico construido tras la Segunda Guerra Mundial y nunca realmente repensado. Un aliado que comparte muchos valores, pero que en los últimos años ha mostrado varias veces que se mueve en direcciones distantes, si no opuestas, a los principios que Europa declara defender.
Hay además una cuestión técnica igualmente delicada: gran parte de los sistemas de armas y de las infraestructuras de seguridad sobre los que Europa ha construido su defensa depende de tecnologías, software y sistemas de mando que permanecen bajo control estadounidense.
Un cambio de administración en Washington, un cambio de prioridades, y los equilibrios sobre los que Europa ha construido su defensa podrían resultar extremadamente frágiles.
Y hay un dato demográfico que se ignora sistemáticamente: Occidente, con Europa a la cabeza, registra desde hace años un descenso de la natalidad que socava de raíz la sostenibilidad de su propio modelo social y económico. Un problema mucho más determinante, en las próximas décadas, que cualquier equilibrio militar coyuntural. Pero se habla de ello en voz baja, casi como un tabú —más fácil ocuparse de tanques, que al menos dan la ilusión de estar haciendo algo.
En este escenario, la hipótesis de relaciones más estrechas con Rusia, con los países de Oriente Medio y a lo largo de las rutas de la nueva Ruta de la Seda —ancladas en el respeto de los valores europeos, no aceptadas de forma acrítica— habría ofrecido un horizonte más duradero que el construido sobre una alianza atlántica cada vez más marcada por sus propias contradicciones. Es una reflexión que requiere un esfuerzo de imaginación política que, en Bruselas, por ahora, nadie parece dispuesto a hacer.
Una ocasión perdida
La pregunta que Europa debería hacerse no es cómo reconvertir las fábricas de automóviles en fábricas de armas, sino cómo estabilizar su propia economía, relanzar la innovación, invertir en investigación y formación, construir un crecimiento estructural que no dependa de escenarios de conflicto. Significaría afrontar los nudos no resueltos de la transición energética, apoyar la investigación en nuevas tecnologías, crear las condiciones industriales —no solo normativas— para que Europa vuelva a ser competitiva. Significaría mirar hacia adelante en lugar de hacia atrás.
Quienes defienden la reconversión bélica aportan argumentos no triviales: la disuasión es un elemento reconocido de las relaciones internacionales, el contexto geopolítico ha empujado también a otros países a reforzar sus capacidades defensivas. Pero estas objeciones no borran el hecho de que Europa está afrontando la crisis del automóvil con la misma miopía con la que la generó: sin visión, sin proyecto, sin el coraje de mirar más allá de la emergencia inmediata.
Elegir la vía de las armas para frenar la hemorragia de empleo es comprensible en la urgencia del corto plazo. Pero es una venda en los ojos frente al futuro: resuelve un problema hoy creando uno estructuralmente más grave mañana, y desvía la atención —y los recursos— de lo que realmente haría falta para garantizar una Europa estable, innovadora y próspera.
La verdadera condena
Europa sigue produciendo armas para defender un presente que no supo construir, mientras el futuro —hecho de innovación, transición ecológica inteligente, diplomacia— espera en vano que alguien levante la mirada más allá de su propio patio trasero. Presa del miedo y la inercia, la clase dirigente europea prefiere mantener los ojos bajos y las manos ocupadas: mejor un fusil que una estrategia.
Esta es, al final, la verdadera condena. No la crisis del automóvil, no la competencia china, no la transición eléctrica mal gestionada. Es la incapacidad de pensar en el mañana por estar demasiado ocupada en sobrevivir al hoy. Y mientras se llena la boca de «seguridad» y «disuasión», Europa pierde la ocasión de construir algo que perdure: una economía sólida, una sociedad cohesionada, un futuro escrito con investigación y conocimiento, no con acero.